La Cabaña del Retiro, una moda con solera

Es precisamente en el Retiro, pulmón verde por antonomasia de Madrid y, en concreto, en su "cabaña de juegos", donde se produce desde hace tiempo una emulación, una vivencia, una representación de esa "moda" de diversos países del mundo, sobre todo del Este, de jugar al ajedrez en la calle, en los parques; al aire libre, vaya. Un juego que se practica entre asiduos y desconocidos, sin más reglas, en teoría, que las de pedir paso para jugar cuando algún jugador se levanta.

A veces, recuerdo el caso de mi hijo Daniel, que viene estudiando y jugando desde los cinco años. Recuerdo también de cómo le ignoraban cuando el chaval pedía jugar una partida aunque, de tanto insistir, consiguió que algunas veces le aceptaran, soportando, eso sí, la humillación en el tablero de quienes retaba. Pero quiera la vida que el estudio, que el ajedrez de escuela que él practicaba, fuera poniendo las cosas en su sitio, llegando a darles sopas con honda a muchos "gallitos del lugar". Pasaron los años y, como su nivel de juego iba creciendo, su presencia por la "cabaña" acabó siendo testimonial. Aún guardamos ambos el bello recuerdo de un paso efímero, de una bonita añoranza donde ardieron los tableros con aquellos resortes, aquellas aperturas, aquellas celadas y aquellas jugadas magistrales ganadas a golpe de ejercicios.

En la cabaña del Retiro siempre se ha practicado un ajedrez variopinto, autodidacta, a veces encorsetado en aperturas que determinados jugadores habituales repiten hasta la saciedad, de tal manera, que se les juegue lo que se les juegue, siempre, por ejemplo, para negras juegan "Siciliana" y para blancas "Española". Se trata de un ajedrez despiadado y con muchos piques entre ellos y, a su vez, es un ajedrez deslumbrante en esas partidas a un minuto en las que vuelan las piezas cuando salen de sus reiterativas aperturas hacia el cruel mundo del "juego medio", que es cuando llega la hora de la estrategia, los golpes tácticos, los sacrificios y donde las dan las toman y callar es bueno. Si consiguen llegar a un final, aquellos cuya técnica es más refinada, sacan petróleo de tierra yerma, es entonces cuando se regocijan de ganar con un humilde peón, con el mate de la coz o con peón y rey contra rey, recordando, algunos de ellos, supongo, al gran Capablanca, campeón del mundo y jugador de finales mítico en la historia del ajedrez. Pero ojo, también circunstancialmente aparece por este lugar algún que otro “jugador-incógnito de gran relieve”, que vestido con disimulo y tras sus gafas, y sin pegar la hebra, hace algunas partidas y se larga; eso sí, la elegancia de sus manos al tocar las piezas, algunas desmochadas, y las jugadas magistrales que realiza, le pueden poner en un brete de ser pillado, pero ya se guarda él de dejar sólo la estela fugaz de su pericia. Cabe pensar que en esos momentos disfrute de pisar la tierra de los mortales antes de ascender de nuevo al mundo de los semidioses.

Es evidente que los días gloriosos que tuvo este bucólico espacio seguirán, no sólo por el excelente torneo anual del otoño, pues son muchos los románticos y curiosos del ajedrez, que mantendrán el rescoldo a buen recaudo. ¡Qué bonito, verdad, por favor, que no se marchen!

Un abrazo, Nicolás.

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